2007-04-02

UN CATÓLICO HOY


1. ESPIRITUAL.

P. Ranher dice:”….un católico de nuestro tiempo o es contemplativo o no es cristiano”.
• Profundamente eucarística.
• Mariana.
• Contemplativo y orante. Amor a la palabra.
• A contracorriente (de cara a Dios y no a los hombres)……ser como el salmón quien va contra la corriente en búsqueda de llegar al lugar de donde proviene….y su vida tiene descanso cuando cumple con ello, sin preocuparse de de la corriente o dificultades que viene en su contra.

2. EL CRISTIANO DISCIERNE…BUSCA LA SANTIDAD…..

• “Que haría Cristo en mi lugar”…..preguntarse cada vez que tomemos una decisión…ya que nuestro futuro lo hacemos con los pequeños pasos que damos habitualmente…y si dejamos entrar a Cristo en cada decisión de nuestra vida…tengan por seguro que se va directo a la santidad(estar en la presencia plena con Cristo).
• Busca su voluntad.
• Está dispuesto a aceptarla con mucha generosidad.
• Confía que ese es el camino de felicidad.

3. COHERENCIA DE VIDA


• Más que palabras, obras…tanto espirituales como materiales.
• Ser testigo de Cristo: anunciar con la vida lo que creemos y amamos……ya que la verdadera misión no es la que hacemos 10 días al año, sino es la que hacemos 365 días al año.
• Identidad clara.

4. IDEALISTA

• Quiere transformar el mundo con sus sueños y esperanzas.
• No está conforme con lo que ve o escucha.
• Quiere que Cristo reine.
• Quiere llegar al cielo porque sabe que es la única felicidad posible.

5. HEROICO

• Dispuesto a sufrir.
• Es un combate.
• Es un desafío.
• Es una alegría.

6. ALEGRÍA

• Hay que trasmitir alegría en todo momento…no una alegría ficticia, sino una alegría que la tiene el que confía…….”quien confía no decae”……..
• “Contento Señor Contento”.

PCR

2007-02-27

“Mirarán al que traspasaron” (Jn 19,37)

Queridos hermanos y hermanas:

«Mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37). Este es el tema bíblico que guía este año nuestra reflexión cuaresmal. La Cuaresma es un tiempo propicio para aprender a permanecer con María y Juan, el discípulo predilecto, junto a Aquel que en la cruz consuma el sacrificio de su vida por toda la humanidad (cf. Jn 19, 25). Por tanto, con una atención más viva, dirijamos nuestra mirada, en este tiempo de penitencia y de oración, a Cristo crucificado que, muriendo en el Calvario, nos reveló plenamente el amor de Dios. En la encíclica Deus caritas est traté con detenimiento el tema del amor, destacando sus dos formas fundamentales: el agapé y el eros.

El amor de Dios: agapé y eros

El término agapé, que aparece muchas veces en el Nuevo Testamento, indica el amor oblativo de quien busca exclusivamente el bien del otro; la palabra eros denota, en cambio, el amor de quien desea poseer lo que le falta y anhela la unión con el amado. El amor con que Dios nos envuelve es sin duda agapé. En efecto, ¿acaso puede el hombre dar a Dios algo bueno que él no posea ya? Todo lo que la criatura humana es y tiene es don divino; por tanto, es la criatura la que tiene necesidad de Dios en todo.

Pero el amor de Dios es también eros. En el Antiguo Testamento el Creador del universo muestra hacia el pueblo que eligió una predilección que trasciende toda motivación humana. El profeta Oseas expresa esta pasión divina con imágenes audaces como la del amor de un hombre por una mujer adúltera (cf. Os 3, 1-3); Ezequiel, por su parte, hablando de la relación de Dios con el pueblo de Israel, no tiene miedo de usar un lenguaje ardiente y apasionado (cf. Ez 16, 1-22). Estos textos bíblicos indican que el eros forma parte del corazón de Dios: el Todopoderoso espera el «sí» de sus criaturas como un joven esposo el de su esposa.

Por desgracia, desde sus orígenes, la humanidad, seducida por las mentiras del Maligno, se ha cerrado al amor de Dios, con el espejismo de una autosuficiencia imposible (cf. Gn 3, 1-7). Replegándose en sí mismo, Adán se alejó de la fuente de la vida que es Dios mismo, y se convirtió en el primero de «los que, por temor a la muerte, estaban de por vida sometidos a esclavitud» (Hb 2, 15). Dios, sin embargo, no se dio por vencido; más aún, el «no» del hombre fue como el impulso decisivo que lo indujo a manifestar su amor con toda su fuerza redentora.

La cruz revela la plenitud del amor de Dios

En el misterio de la cruz se revela plenamente el poder irrefrenable de la misericordia del Padre celeste. Para reconquistar el amor de su criatura, aceptó pagar un precio muy alto: la sangre de su Hijo unigénito. La muerte, que para el primer Adán era signo extremo de soledad y de impotencia, se transformó de este modo en el acto supremo de amor y de libertad del nuevo Adán.

Así pues, podemos afirmar, con san Máximo el Confesor, que Cristo «murió, si así puede decirse, divinamente, porque murió libremente» (Ambigua, 91, 1956). En la cruz se manifiesta el eros de Dios por nosotros. Efectivamente, eros es —como dice el Pseudo Dionisio Areopagita— la fuerza «que hace que los amantes no lo sean de sí mismos, sino de aquellos a los que aman» (De divinis nominibus, IV, 13: PG 3, 712). ¿Qué mayor «eros loco» (N. Cabasilas, Vida en Cristo, 648) que el que impulsó al Hijo de Dios a unirse a nosotros hasta el punto de sufrir las consecuencias de nuestros delitos como si fueran propias?

«Al que traspasaron»

Queridos hermanos y hermanas, miremos a Cristo traspasado en la cruz. Él es la revelación más impresionante del amor de Dios, un amor en el que eros y agapé, lejos de contraponerse, se iluminan mutuamente. En la cruz Dios mismo mendiga el amor de su criatura: tiene sed del amor de cada uno de nosotros. El apóstol Tomás reconoció a Jesús como «Señor y Dios» cuando metió la mano en la herida de su costado. No es de extrañar que, entre los santos, muchos hayan encontrado en el Corazón de Jesús la expresión más conmovedora de este misterio de amor. Se podría decir, incluso, que la revelación del eros de Dios hacia el hombre es, en realidad, la expresión suprema de su agapé. En verdad, sólo el amor en el que se unen el don gratuito de uno mismo y el deseo apasionado de reciprocidad infunde un gozo tan intenso que convierte en leves incluso los sacrificios más duros.

Jesús dijo: «Yo, cuando sea elevado de la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 32). La respuesta que el Señor desea ardientemente de nosotros es ante todo que aceptemos su amor y nos dejemos atraer por él. Sin embargo, aceptar su amor no es suficiente. Hay que corresponder a ese amor y luego comprometerse a comunicarlo a los demás: Cristo «me atrae hacia sí» para unirse a mí, a fin de que aprenda a amar a los hermanos con su mismo amor.

Sangre y agua

«Mirarán al que traspasaron». Miremos con confianza el costado traspasado de Jesús, del que salió «sangre y agua» (Jn 19, 34). Los Padres de la Iglesia consideraron estos elementos como símbolos de los sacramentos del bautismo y de la Eucaristía. Con el agua del bautismo, gracias a la acción del Espíritu Santo, se nos revela la intimidad del amor trinitario. En el camino cuaresmal, recordando nuestro bautismo, se nos exhorta a salir de nosotros mismos para abrirnos, con un abandono confiado, al abrazo misericordioso del Padre (cf. san Juan Crisóstomo, Catequesis, 3, 14 ss). La sangre, símbolo del amor del buen Pastor, llega a nosotros especialmente en el misterio eucarístico: «La Eucaristía nos adentra en el acto oblativo de Jesús (...); nos implicamos en la dinámica de su entrega» (Deus caritas est, 13).

Vivamos, pues, la Cuaresma como un tiempo «eucarístico», en el que, aceptando el amor de Jesús, aprendamos a difundirlo a nuestro alrededor con cada gesto y cada palabra. De ese modo, contemplar «al que traspasaron» nos llevará a abrir el corazón a los demás, reconociendo las heridas infligidas a la dignidad del ser humano; y nos llevará, en especial, a luchar contra toda forma de desprecio de la vida y de explotación de la persona, y a aliviar los dramas de la soledad y del abandono de muchas personas.

Que la Cuaresma sea para todos los cristianos una experiencia renovada del amor de Dios que se nos ha dado en Cristo, amor que también nosotros cada día debemos «volver a dar» al prójimo, especialmente al que sufre y al necesitado. Sólo así podremos participar plenamente en la alegría de la Pascua.

Que María, la Madre del Amor Hermoso, nos guíe en este itinerario cuaresmal, camino de auténtica conversión al amor de Cristo. A vosotros, queridos hermanos y hermanas, os deseo un provechoso camino cuaresmal y con afecto os envío a todos una bendición apostólica especial.

Vaticano, 21 de noviembre de 2006

2007-02-17

«El Señor reconstruye Jerusalén, El Señor reconstruye su Iglesia».

Queridísimo padre:

Gracias por la oportunidad que se me ofrece para decir una palabra.
Hemos escuchado el Salmo 146 en el que se nos invita a alabar a Dios porque «el Señor reconstruye Jerusalén».

Jerusalén y sobre todo su Templo fue reconstruido por Zorobabel y Josué, un laico y un sacerdote. Antes lo hicieron Moisés y Aarón, después Pedro y Pablo, que son los dos testigos de los que habla el Apocalipsis; podemos decir: carisma e institución. Carisma e institución, unidos, son coesenciales a la misión de la Iglesia, dijo el Papa Juan Pablo II en Pentecostés de 1998.

Refiriéndose a la fiesta de Pentecostés que hoy celebramos, el Papa Juan Pablo II, en el Simposio de los obispos europeos del año 1986 dijo: «Para realizar una eficaz obra de evangelización, tenemos que volver a inspirarnos en el primer modelo apostólico. Este modelo, que sirve de fundamento y es paradigmático, lo contemplamos en el Cenáculo: los apóstoles están unidos y perseveran con María, en espera de recibir el don del Espíritu. Sólo con la efusión del Espíritu comienza la obra de evangelización. El don del Espíritu es el primer motor, el primer manantial, el primer soplo de la auténtica evangelización. Es necesario, por tanto, comenzar la evangelización invocando al Espíritu y buscando dónde sopla el Espíritu (Cf. Juan 3, 8). Algunos síntomas de este soplo del Espíritu están ciertamente presentes hoy en Europa. Para encontrarles, para apoyarles y desarrollarles es necesario en ocasiones dejar esquemas atrofiados para ir allí donde comienza la vida, donde vemos que se producen frutos de vida "según el Espíritu"».

Les dijo esto a los obispos europeos después de haber hablado de la destrucción de la familia y de la secularización de Europa, afirmando que el Espíritu Santo ya ha dado la respuesta. Está dando la respuesta: aquí estamos, Santo Padre, los nuevos carismas, las nuevas realidades que el Espíritu Santo suscita para ayudar a los sacerdotes, a las parroquias, a los obispos, al Papa. “El Señor reconstruye Jerusalén”. Pero qué difícil es, Santo Padre, que las instituciones comprendan que necesitan de los carismas. Todos tenemos necesidad de que se actue la eclesiología del del Vaticano II, una eclesiología de comunión, de la Iglesia como cuerpo. En definitiva es la actuación del Concilio Vaticano II la que nos urge hoy más que nunca.

El Papa Juan XXIII en la Constitución Apostólica “Humanae salutis” (1961) con la que comenzaba el Concilio decía: "La Iglesia asiste hoy a una crisis que tiene lugar en la sociedad. Mientras la humanidad da un giro hacia una nueva era, tareas de una gravedad y amplitud inmensa esperan a la Iglesia, como en las épocas más trágicas de la historia. Se trata de confrontar al mundo moderno con las energías vivificantes y perennes del Evangelio".
El Papa Juan XXIII profetizó lo que hoy estamos surmergidos, el “giro a una nueva era”, la postmodernidad, el ateismo nihilista, la apostasía de Europa.

El Apocalipsis dice que el Cordero vence a la bestia. Para que los cristianos se conviertan en este cordero tienen necesidad de carismas, de nuevas realidades eclesiales, de movimientos, de nuevas comunidades. Todos tenemos necesidad de una fe adulta y por esto es necesario abrir en las parroquias la iniciación cristiana. Comunidad como la Santa familia de Nazareth. Nuestro Señor Jesucristo para convertirse en adulto tuvo necesidad de una familia, de la familia de Nazareth. La pequeña comunidad cristiana salva la familia y la familia salva la Iglesia. Esta es la misión del Camino Neocatecumenal en la Iglesia, en las parroquias.

Termino Santidad diciendo que el Camino Neocatecumenal, junto a tantos otros que están hoy presentes en esta plaza, somos el signo de la actuación de este salmo: "El Señor reconstruye Jerusalén". El Señor reconstruye su Iglesia.

Espero que este hecho, en estas vísperas admirables de Pentecostés de 2006, sea para usted y para todos nosotros un signo fuerte de esperanza y de gran consolación.

Reflexión de Kiko Arguello sobre el salmo 146 en la Plaza de San Pedro
Fuente: caminayven.com


2006-09-25

Voy y Vuelvo...


"cuando me vaya de aquí, dos cruces voy a colocar, una para despedirme y otra para volver". Es una frase de Nicanor Parra, el antipoeta, quien refleja un poco su sentido de arte de jugar con las palabras, pero tambien se puede reflejar un poco la visión de los hombres (forma de genero) en el que ven la muerte como el fin, y esta frase refleja lo que muchas veces olvidamos los hombres de fe, que la promesa de resurrección habla de un volver, resurrección de la carne....por eso me gusta esta frase y esa foto lo refleja....ya que la esperanza en Cristo, no tiene fin, sino eternidad.

2006-06-20

¿Cómo reconocer a un cristiano?

¿Pasaríamos por bichos raros en este mundo? Probablemente. En los inicios de nuestra fe, cuando éramos unos pocos, los demás sabían reconocernos. Podían hacerlo con mucha facilidad. Éramos como una antorcha que iba iluminando la oscuridad, un mar de esperanza en el que muchos querían navegar. Bastaba vernos para saber que seguíamos a Jesús. Teníamos un sello característico: “El Amor”. A menudo pienso en ello y en estas palabras de Jesús: “Yo les digo a ustedes que me escuchan: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los maltratan. Al que te golpea una mejilla, preséntale también la otra. Al que te arrebata el manto, entrégale también el vestido. Da al que te pide, y al que te quita lo tuyo no se lo reclames”. (Lc 6, 27-30) Leí la vida de un santo sacerdote al que asaltaron cruzando un bosque: “Danos todo lo que tienes”. Y el santo vació sus bolsillos. Cuando se marchaban, el santo les llamó: “Esperen. Encontré otra moneda y no deseo mentir”. Conmovidos por este gesto, los ladrones se arrodillaron ante el sacerdote, pidiéndole perdón. Le devolvieron todo y le prometieron en adelante cambiar. Recuerdo un amigo que una vez dijo: “En mi corazón hay un sello. Y ese sello dice: Jesús”. Este es el distintivo que debe identificar a cada cristiano. Tener a Jesús en el corazón y el alma. Por algún motivo, pasé la mañana de ayer pensando en esto: “Si Jesús regresara hoy, ¿cómo reconocería a los suyos?” “¿Qué nos diferencia?” Fui a misa por la tarde, con mi familia, y el sacerdote hablo de ello. Fue increíble. Dios siempre sale al paso y te muestra el camino. Me encantan estas coincidencias suyas. Dos cosas me impresionaron: “Hasta en la forma de caminar se debe reconocer a un cristiano”. “El cristiano siempre está a la escucha de Dios”. Durante la comunión, el coro cantó una canción a la que no le prestaba atención. De pronto escuché con detenimiento, como cuando te hablan de frente: “Si yo no tengo amor, nada soy”. Al llegar a la casa busqué la carta de San Pablo a los corintios. Cambié una palabra: “amor”, por “cristiano”. Y leí entonces: “El cristiano es paciente y muestra comprensión. El cristiano no tiene celos, no aparenta ni se infla. No actúa con bajeza ni busca su propio interés, no se deja llevar por la ira y olvida lo malo. No se alegra de lo injusto, sino que se goza en la verdad”. Comprendí lo que nos diferencia: “El amor”. La Madre Teresa tenía la clave que faltaba en mi búsqueda. “¿Por qué hacen estas cosas?”, le preguntaron. “Lo hacemos por Jesús”.



(video de Kiko Arguello, un católico de nuestros días....)

Fuente: Catholic.net
Autor: Claudio De Castro

2006-06-11

“El verdadero misionero es el santo”

Esta sentencia la encontré en un libro sobre los distintos discursos del papa Juan Pablo II, la cual me hizo reflexionar sobre la profundidad de este mensaje.
Si observamos detenidamente esta sentencia podemos dividirla en tres partes: verdad, misión y santidad.
La verdad, el papa en esta sentencia la lleva a la persona, ya que es propia del ser humano y no de una cosa o animal. El hombre busca la verdad, ya que esta le da libertad y paz, por ello su fin es “vivir en ella”.
Luego nos habla del misionero, cuya definición es “el envío” y siguiendo la relación anterior llevándolo a la persona significa ser enviado, o sea ser un “mensajero”.
Y por último termina la sentencia con la santidad, que es la máxima aspiración del hombre de fe, la cual es llegar a la presencia del Señor.
Si unimos esta sentencia y vemos la sinergia que hay entre ellas podemos ver que “si el hombre es un buscador y un mensajero de la Verdad, entonces llega a la presencia del Señor”, en otras palabras y en síntesis “La Verdad nos lleva a Dios”.
Y si vemos en la Biblia podemos ver que tiene sentido, como cuando los magos de oriente pertenecientes a la religión de los Zoroastro van detrás de una estrella al encuentro de una Verdad que no comprenden solo hasta que la ven hecha carne, hecha vida. También podemos ver la vida de Santos quienes descubren que la Verdad no cambia con los tiempos ni tampoco muere , como es el caso de San Luis María Griñon de Monfort , quien hace alusión a la perfección cristiana en ser santo ("El que quiera venirse conmigo"), en abnegarse: "que reniegue de sí mismo", en padecer: "que cargue con su cruz" y en obrar: "y me siga".
Las palabras del santo padre nos anima a que en tiempos en que es más desfavorable ser Católico, por los numerosos cuestionamientos, críticas, burlas, y relativismo de distintos agentes de la sociedad, podamos ver la cruz, y poder morir con y por Cristo en ella……






El Misionero

2005-11-08

Confianza en Dios


"Jesús subió a la barca, y sus discípulos lo acompañaron. En esto se desató sobre el lago una tormenta tan fuerte que las olas cubrían la barca. Pero Jesús se había dormido. Entonces sus discípulos fueron a despertarlo, diciendo:--¡Señor, sálvanos! ¡Nos estamos hundiendo! Él les contestó:--¿Por qué tanto miedo? ¡Qué poca fe tienen ustedes! Dicho esto, se levantó y dio una orden al viento y al mar, y todo quedó completamente tranquilo
Grande fue el asombro; aquellos hombres decían “Quien es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen?”." (Mateo 8:23-27).

En la escena que nos propone el Evangelio contemplamos a Jesús cansado después de un día de intensa predicación. El Señor subió con sus discípulos a una barca para pasar al otro lado del lago. Cuando ya llevaban un tiempo en el mar, se levantó una tempestad tan grande que las olas cubrían la barca. Mientras tanto, el Señor, rendido por la fatiga, se quedó dormido. Estaba tan cansado que ni siquiera los fuertes bandazos de la embarcación le despertaron. Ante tanto peligro, Jesús parece ausente. Es el único pasaje del Evangelio que nos muestra a Jesús dormido.

Los Apóstoles, hombres de mar en su mayoría, se dieron cuenta enseguida de que sus esfuerzos no bastaban para asegurar el rumbo de la barca y comprendieron que sus vidas peligraban. Se acercaron entonces a Jesús y le despertaron diciendo:¡Señor, sálvanos, que perecemos!

Jesús les tranquilizó con estas palabras: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe?, es como si dijera....¿no sabés que Yo voy contigo, y que esto debe darte una firmeza sin límites en medio de tus dificultades?

Y levantándose, increpó a los vientos y al mar, y se produjo una gran bonanza

Comprobaron una vez más que ir con Cristo es caminar seguros, aunque Él guarde silencio. Y dijeron: ¿Quién es éste, que hasta los vientos y el mar le obedecen? Era su Señor y su Dios.


Aparentemente dormido y callado en ocasiones, pero siempre acogedor y poderoso; nunca ausente, cuando la tempestad se nos echa encima, cuando los esfuerzos parecen inútiles, debemos seguir el ejemplo de los Apóstoles y acudir a Jesús con toda confianza: ¡Señor, sálvanos, que perecemos! Sentiremos la eficacia de su poder infinito y nos llenará de serenidad.Él es la seguridad, la única seguridad verdadera. Basta estar con Él en su barca, al alcance de su mirada, para vencer los miedos y las dificultades, los momentos de oscuridad y de turbación, las pruebas, la incomprensión y las tentaciones. La inseguridad aparece cuando se debilita la fe, y con la debilidad llega la desconfianza: podríamos entonces olvidarnos de que cuando la dificultad es mayor, más poderosa se manifiesta la ayuda del Señor, como sucede siempre: al tratar de vivir en plenitud la propia vocación cristiana, en la vida familiar, en el trabajo profesional..., en el apostolado.

Dios…nos anima a confiar en Él…..a creer en sus enseñanzas….a que tengamos fe….a que lo veamos en cada misa (como cuerpo y sangre), a que invoquemos su espíritu…que aceptemos a María como nuestra madre, a que seamos comunidad, que seamos misioneros….que no tengamos miedo…..si confiamos en Él…el diablo no tiene nada que hacer…..SI CONFIAMOS EN ÉL..SOMOS LUZ DEL MUNDO……


Otros pasajes de Confianza
No temáis... [2]. Ya desde su entrada en el mundo señaló cómo sería su presencia entre los hombres. El mensaje de la Encarnación se abre precisamente con estas palabras: No temas, María [3]. Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: José, hijo de David, no temas [4]; y a los pastores les repetirá de nuevo: No tengáis miedo [5]. No podemos andar atemorizados por nada. El mismo santo temor de Dios es una forma de amor: es temor a perderle.
[2] Lc 12, 4. [3] Lc 1, 30. [4] Mt 1, 20. [5] Lc 2, 10.

Testimonio
“Padre, estoy listo para partir….¿como sabes eso?....porque ya aprendí a Confiar en Dios”, estas fueron una de sus últimas palabras de Raúl, amigo de la universidad antes de morir, y en lo personal me llamaron mucho la atención, ya que el padre (quien había sido su confesor en el último periodo de su vida), nos mostraba algunos razgos, que me gustaría poder relaionarlos con la lectura planteada.
el miedo que sintio al momento de saber su enfermedad, aquel miedo que vemos en los apostoles, al ver una tormenta nunca antes vista, su barca estaba sin dirección, estaba perdido en un mar de incertidumbre, acompañado de la incertidumbre viene la soledad, aquella soledad como si Jesús estubiera dormido, ausente. Acude a Jesús…ya que su barca se hundía, al momento de ver que su problema lo superaba, descanza en Jesús como Juan en la última cena, y comienza a tranquilizar su corazón, le da paz y comienza a transmitir paz. Aquella paz que nos transmitió al decirnos que estaba bien, que estaba bien, que era del pasado. Aquel gesto es el gesto del que reconoce su cruz y la toma, del que toma el timón de su barca (como decía San Alberto Hurtado), se aferra al timón y rectifica su dirección, ahora su puerto final es Dios.
Y quien tiene cual es su puerto final, le da dirección y sentido a su vida, desde aquel momento, comienza a vivir la vida, con una sonrisa frente a la vida y mostrando su cruz, ya que el apostol de Jesús, no esconde la cruz, sino que la lleva y la muestra..en lo alto del cerro.
Su última palabra "Confío en Dios", es entregarse por completo a su voluntad ("ya no vivo yo, es Cristo que vive en mí")....la confianza da una preparación forjada a fuego...esa confianza en tener la lámpara prendida cuando llegue el novio(lectura del domingo pasado).
Hizo de su enfermedad…el inicio de su vida…y de su muerte….un camino de santidad…ya que nos mostró que se puede ser testigo, mártir y santo.
rezamos por ti...y tú intercede por todos nosotros....
Confiar en Cristo…vale la pena…vale la vida y sobre todo vale la eternidad….